Elizabeth Bishop - El caracol gigante


Elizabeth Bishop - El caracol gigante
Elizabeth Bishop (Worcester, Massachusetts, 8 de febrero de 1911 - Boston, 6 de octubre de 1979) 


La lluvia paró. La cascada seguirá rugiendo como toda la noche. Salgo a caminar y a alimentarme. Mi cuerpo-pie (eso es lo que es) está húmedo y frío y cubierto de arena fina. Mi cuerpo es blanco y del tamaño de un plato de comida. Me propuse un objetivo, alcanzar cierta roca, pero tal vez amanezca antes de que llegue ahí. Aunque me muevo como un fantasma y mis bordes flotantes apenas rozan el suelo, soy pesado, pesado, pesado. Mis músculos blancos ya están cansados. Doy la impresión de una misteriosa ligereza, pero es mi gran fuerza de voluntad la que me permite trepar piedras y ramas. No debo permitir que me distraigan aquellas puntas ásperas del pasto. No tocarlas. Retroceder. Siempre es mejor retraerse. 
La lluvia paró. La cascada sigue haciendo ruido (¿Y qué si me cayera en ella?) La montaña de roca negra suelta nubes de vapor. De sus laderas se descuelgan cintas brillantes. Cuando eso ocurre, solemos decir que los Dioses Caracoles bajaron a las apuradas. Yo jamás podría bajar por esas pendientes escabrosas y ni soñar con treparlas. 
Ese sapo era enorme, también, como yo. Sus ojos imploraban mi amor. Nuestras proporciones horrorizaban a los vecinos. 
Descanso un minuto; relax. Pegado al suelo, mi cuerpo es como una hoja pálida que se descompone. ¿Qué es lo que golpetea en mi caparazón? 
Nada. Vamos. 
Mis costados se mueven en rítmicas ondulaciones, apenas tocando el suelo, de adelante hacia atrás, la estela de un barco sobre un agua blanca como cera, o un témpano que se derrite lentamente. Soy frío, frío como el hielo. Mi cabeza ciega de toro blanco fue una espantosa máscara cretense; degradados, mis cuatro cuernos no pueden atacar. Los bordes de mi boca son ahora mis manos. Con ellos me prendo a la tierra y sorbo fuertemente. Ah, pero sé que mi caparazón es hermoso, y grandioso, y satinado, y brillante. Sé que es bueno, aunque nunca lo haya visto. Su curvado borde es del más fino esmalte. Por dentro es suave como la seda, y yo lo ocupo a la perfección. 
Mi amplia huella que resplandece, ahora se vuelve oscura. Dejo una encantadora cinta opalescente: yo lo sé. 
Pero, oh, soy demasiado grande. Así lo siento. Pobre de mí. Si, al llegar a la roca, pudiera meterme por alguna hendidura para pasar la noche, la cascada, debajo, vibraría a través de mi caparazón y de mi cuerpo durante toda la noche. En ese pulso constante podría descansar. Toda la noche sería como un oído durmiente. 



Versión: Isaías Garde




Elizabeth Bishop - Giant Snail



The rain has stopped. The waterfall will roar like that all
night. I have come out to take a walk and feed. My body--foot,
that is--is wet and cold and covered with sharp gravel. It is
white, the size of a dinner plate. I have set myself a goal, a
certain rock, but it may well be dawn before I get there.
Although I move ghostlike and my floating edges barely graze
the ground, I am heavy, heavy, heavy. My white muscles are
already tired. I give the impression of mysterious ease, but it is
only with the greatest effort of my will that I can rise above the
smallest stones and sticks. And I must not let myself be dis-
tracted by those rough spears of grass. Don't touch them. Draw
back. Withdrawal is always best.
The rain has stopped. The waterfall makes such a noise! (And
what if I fall over it?) The mountains of black rock give off such
clouds of steam! Shiny streamers are hanging down their sides.
When this occurs, we have a saying that the Snail Gods have
come down in haste. I could never descend such steep escarp-
ments, much less dream of climbing them.
That toad was too big, too, like me. His eyes beseeched my
love. Our proportions horrify our neighbors.
Rest a minute; relax. Flattened to the ground, my body is like
a pallid, decomposing leaf. What's that tapping on my shell?
Nothing. Let's go on.
My sides move in rhythmic waves, just off the ground, from
front to back, the wake of a ship, wax-white water, or a slowly
melting floe. I am cold, cold, cold as ice. My blind, white bull's
head was a Cretan scare-head; degenerate, my four horns that
can't attack. The sides of my mouth are now my hands. They
press the earth and suck it hard. Ah, but I know my shell is
beautiful, and high, and glazed, and shining. I know it well,
although I have not seen it. Its curled white lip is of the finest
enamel. Inside, it is as smooth as silk, and I, I fill it to perfection.
My wide wake shines, now it is growing dark. I leave a lovely
opalescent ribbon: I know this.
But O! I am too big. I feel it. Pity me.
If and when I reach the rock, I shall go into a certain crack
there for the night. The waterfall below will vibrate through
my shell and body all night long. In that steady pulsing I can
rest. All night I shall be like a sleeping ear.


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